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Vivir una casa


Articulo de Álvaro Siza del año 1994.

“Nunca he sido capaz de construir una casa, una casa auténtica. No me refiero a proyectar y construir casas, cosa menor que todavía consigo hacer, no sé si acertadamente.

La idea que tengo de una casa es la de una máquina complicada en la que cada día se avería alguna cosa: bombilla, grifo, desagüe o la cerradura de seguridad.

Los cajones se atascan, se rompen las alfombras y la tapicería del sofá del salón. Todas las camisas, calcetines, sábanas y paños de cocina yacen rotos junto a la tabla de planchar, cuya tela de protección presenta un aspecto lamentable.

Si hay jardín, la hierba crece amenazadora, todo el tiempo libre del mundo es insuficiente para dominar la ira de la naturaleza; pétalos caídos y legiones de hormigas invaden los umbrales de las puertas, hay siempre cadáveres de pajaritos, de ratones y de gatos. Se acaba el cloro de la piscina, se avería la depuradora; ningún aspirador restituye la transparencia del agua o absorbe las patas de los insectos, finas como cabellos…

¡y si sólo fuera eso!

Vivir en una casa, es una ocupación a tiempo completo. El dueño de la casa es, al mismo tiempo, bombero de guardía, es un enfermero y un socorrista. Domina todas las artes y profesiones, es especialista en física, en química, es abogado o, de lo contrario, no sobrevive…

Sin embargo nada supera la tortura de los libros que se mueven misteriosa y automáticamente desordenándose a propósito, atrayendo el polvo en sus cantos superiores y su grosor magnético. El polvo penetra por el borde superior de las páginas, pequeñísimos ruidos se las comen con un ruido indescriptible…

Por eso considero heroico poseer, mantener y renovar una casa. En mi opinión, debería existir la Asociación de Cuidadores de Casas, y todos los años se adjudicaría la correspondiente mención honorífica y un elevado primero pecuniario.

Pero cuando ese esfuerzo de mantenimiento no se hace aparente, cuando el saludable olor a cera de la casa, por otro lado bien ventilada, se mezcla con el perfume de las flores del jardín y cuando en ella nosotros – visitantes irresponsablemente poco atentos a los instantes de felicidad – nos sentimos felices, olvidando nuestras angustias de nómadas bárbaros, entonces la única medalla posible es la gratitud, el silencioso aplauso, mirando a nuestro alrededor, sumergiéndonos en las atmósfera dorada de un interior de otoño, al final del día.”

Oporto, marzo de 1994.





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